Destino Cabo Norte: Brutal Noruega

No sé bien por donde empezar. Lo primero, una evidencia: Noruega es brutal. Pero en todos los sentidos. En su naturaleza hosca y descarnada; en el carácter apenas humano de sus habitantes; en el frío duro y marino que te cala hasta bien dentro. También en los verdes sobrenaturales de los fondos marinos del archipiélago de las Lofoten o en la inmensidad del todavía helado lago Kilpisjärvi que hace de frontera entre Finlandia, Suecia y Noruega. Cuando hace ya tres días dejamos la Laponia finlandesa, Slave, el casero al que nunca vimos, me preguntó hacia dónde nos dirigíamos y le contesté ‘Norway’ noté un deje de disgusto en su voz. Ahora sé que era envidia. Si Suecia es un bosque y Finlandia un pantano, Noruega es el parque de atracciones de los amantes de la naturaleza. Para que os hagáis una idea, escribo este post frente a una bahía abierta al mar de Barents en la que nadan dos o tres focas. De vez en cuando, salen del agua y las miro con los prismáticos…

Faro en las Vesteralen

En una bahía frente al Mar de Barents, en las Vesteralen. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Pero esto no significa que sea fácil. Al contrario y más tan al norte -69º 12’ 51’’, 15º 51’ 47’’- hace frío y todo es frío. Hoy nos hemos encontrado con los primeros españoles de todo el viaje, seis chavales de Málaga que ayer alcanzaron el Cabo Norte en moto. Todavía les quedan dos semanas de vuelta a casa. Aunque parezca extraño, o quizás no tanto, nos hemos reconocido por el volumen de voz antes de por el propio idioma. Todo el mundo susurra y todo es tan silencioso por aquí que un tono más alto de lo normal es más evidente que una bandera de España.

La sensación ‘fin del mundo’ es total y casi en todo momento. Para llegar hasta aquí hemos hecho unos 800 kilómetros desde Akansopolo, en Laponia, hasta Stave, en las Vesteralen, por paisajes que cuesta trabajo describir. La tundra que nos dio la despedida de Finlandia; el lago helado; el primer fiordo noruego, los farallones negros y nevados de las Lofoten, el verde esmeralda del mar, el olor a algas, las playas de arena blanca de las Vesteralen… También los paisajes ‘urbanos’, como Harstad, la feucha ciudad portuaria donde dormimos ayer de parada obligada a tantos kilómetros.

En Harstad

La feucha ciudad portuaria de Harstad. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Que se vea, tiene un cine, una plaza, una terminal de autobuses, un desfasado centro comercial, dos estatuas a otros tantos próceres –Los Anders Holte y Rikard Kaarbo, tengo que mirar en Google qué hicieron cuando mejore la cobertura- y un bar –el Mezzo Café- que abre, milagro, hasta las 1:30¡¡¡¡ A ocho euros la coronita embotellada en Guadalajara, apenas nos quedamos hasta las diez… Es, probablemente, la ciudad más destartalada que he visto en mi vida. Pero les reconozco el sentido del humor: con 8 grados y un viento que corta la respiración venden bañadores y chanclas. Los noruegos son tremendos.

Apunte viajero. Todo es muy caro. Menos una cosa: los ferries. Son como ballenas enormes que abren su proa y se comen a coches, autobuses de jubilados y viajeros de toda condición. Me encantan y, sobre todo, los más viejos, con su aire de cargueros rusos.

Ferry en Noruega

En la cubierta del Sigrid, nuestro último ferry en Noruega. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Dentro se está calentito y, entonces, parecen cines con sus butacas tapizadas y sus cafeterías con pasteles, perritos calientes, refrescos, capuchinos… Y lo mejor es que ahorran un montón de kilómetros. Si tienes suerte y llegas a tiempo, claro¡¡¡. Mañana vamos a ver ballenas desde Andenes. Me apetece mucho. Las ballenas de verdad.

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