Historias de Cabo Verde: Fernando y la morabezza

Los caboverdianos se (te) saludan chocando sin miedo la parte lisa del puño cerrado. Algunas veces, cuando quieren demostrar especial cariño o afecto, se llevan la mano al corazón. Y mientras paseas, entre las vendedoras de pescado de Mindelo, en las terrazas repletas de mangos del Valle de Paul o en el aborrotado muelle de Porto Novo, te acompaña una cantinela de bienvenidas y voces amigas. “Bon dia. ¿Ta bon? Ba bon”. Tardas poco en acostumbrarte y en solo unas horas has recuperado la costumbre de tu niñez y saludas a diestro y siniestro en criole, el dialecto que se habla en este archipiélago frente a las costas de Senegal y Mauritania.

‘Morabezza’ es una de esas extrañas palabras del criole. Los caboverdianos creen que define su forma de ser. Una mezcla de hospitalidad, tranquilidad y ganas de reírse del mundo que no siempre es fácil de percibir por los occidentales. ‘Cabo Verde, no stress’, dice con una enorme sonrisa el chaval que vende tortuguitas talladas en piedra volcánica y dientes de tiburón en el muelle de Santa María cuando tres turistas alemanas pretenden comprar a la vez. En el centro cultural de Mindelo, una señora busca durante casi media hora una recopilación de música que le hemos pedido un poco por hacer tiempo. Saca cajas de cintas con décadas encima: desde Alan Parson Project hasta Queen. Rebusca biblioteca arriba, biblioteca abajo. Aparece y desaparece mientras nos hace gestos pidiendo calma con la mano. Y llega, triunfal, con un CD de música morna en la mano. “¿Ta bon?” A solo unos metros de allí, un hombre muy mayor, quizás carpintero, quizás pescador, hace cuadritos de madera con atunes gigantes, volcanes, plataneros, mujeres con cestas en la cabeza. Todavía puedo recordar su cara de sorpresa cuando intento regatear. Le pagué lo que pedía. Era lo justo.

Niños de Santo Antao

Niños de Santo Antao jugando al ouril, un juego típico de las islas. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer

Cerca de Prai Grande, la playa más bonita y salvaje de la Sao Vicente, han intentando construir una especie de ‘urbanización’ a la europea. La crisis ha parado el engendro antes de nuestro viaje a Cabo Verde, pero no sin antes dejar una sucesión de bungalows abandonados, un chiringuito ‘chill out’ derrengado por el viento y un curioso bar regentado por un surfista francés, al que llegamos buscando una cerveza bien fría. Allí, mientras hacíamos tiempo para coger el vuelo de Aerolíneas Caboverdianas que nos llevaría a Sal, conocimos a Fernando.

Playa desierta en Sal

Escenas cotidianas en una playa casi salvaje. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Es marinero. Habla un buen español aprendido en un barco congelador gallego. Conoce el mundo de puerto en puerto. Índico, Atlántico, Pacífico, el Mediterráneo… Una mujer, “sólo una”, nos aclara, en cada lugar. Le gusta hablar de su país, de sus islas. Cuando se suelta un poco, nos dice que hace unos días, justo en la playa en la que estamos, vieron a una tortuga llegar a poner huevos por la noche. Está prohibido molestarlas, pero hace unos años no. “Saben a vaca”, se ríe. Pedimos otra cerveza y nos sigue hablando de sus hijos, de Cabo Verde, de los volcanes, del mar. Y justo entonces, habla de la “morabezza criola”. “Buen corazón”, nos dice.

Valle de Paul

Comiendo mango en el Valle de Paul. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Lo más curioso es que, salvo los turistas, todo el mundo en Cabo Verde desciende de dos ‘grupos’: colonos o esclavos.

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