Destino Cabo Norte: Hoy duermo en Estocolmo

Pues eso, que hoy duermo en Estocolmo, etapa 1 de este viaje que se ha convertido en escapada. ¿Acaso no lo son todos? Sí, sin duda, pero unos más que otros y éste se lleva la palma. En el fondo, tiene su gracia. “Llámame, que no me voy al fin del mundo”. … “Glub, pues sí que me voy…”

71º grados norte. Por encima del círculo polar ártico. Ese es mi destino final. En la maleta he guardado, como siempre, algo más de lo imprescindible: la bandera del Betis que desplegaré en el Cabo Norte; un montón de sensaciones -buenas, malas, regulares, esperanzadoras, desesperanzadas…- mi caña de viaje y un par de libros sobre mundos lejanos y gente valiente. En uno de ellos -’En mares salvajes’ de Javier Reverte- me he reencontrado con un viejo amigo, Ernest Shackleton.

Cuando hace unos meses empecé esta aventura, colgué en este muro esta cita: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Es el texto que el valiente explorador publicó en la prensa británica a comienzos del siglo pasado para reclutar a la tripulación con la que pretendía atravesar por primera vez la Antártida. Se apuntaron 2.000. Ni que decir tiene que la expedición jamás consiguió su objetivo…

Los aficionados a las causas perdidas sabemos por experiencia que habitualmente se pierden pero -agarraos, que va una de topicazos- por alguna extraña razón el saldo nunca queda a cero. Aun perdiendo, si se ha jugado con valor, con lealtad y con entrega, siempre se gana algo. Y para mi desgracia, no sé jugar de otra manera.

Entre las ‘cosas’ que he ganado, está mi amiga Mercedes, que me ha dicho que no puedo perderme el barco vikingo que está en el museo Vasa de Estocolmo. Lo mismo me ha escrito en twitter mi viejo amigo Pepperoni. Será la primero que haga mañana. Y no sólo, que también, por ellos dos. Va otra de curiosidades: el año pasado por estas fechas, tomé una decisión en la cubierta de ‘Pilar’, el precioso barco de madera con el que Ernest Hemingway recorrió los Cayos de Florida y que ahora sobrevive varado en el vestíbulo de la mayor tienda de pesca del mundo. Tranquilos, que no es tan malo como suena. El cayo en cuestión se llama ‘Islamorada’ y se abre al Golfo de México en millas y millas de azules, verdosos, morados… Jamás vi un mar tan feliz.

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