Japón 1: El cruce de Shibuya o dónde cambiar dinero

Llegué a Japón hace ahora quince días con un jet lag de caballo. Durante horas, no encontré mejor entretenimiento que mirar la pantalla del eficiente avión de British Airways que dibujaba nuestro vuelo cruzando Asia de oeste a este. Londres, Berlín, Helsinki, Riga, Moscú y luego un vacío enorme donde nada estaba a menos de 250 millas. Irkust, el lago Bakial y Ulan Bator eran –siguen siendo- una tentación en mitad de la nada. Tokio lejos, muy lejos. Hasta que llegó sorprendiendo desde el principio. Nada más llegada al aeropuerto de Narita, necesitaba cambiar dinero. Entre el sueño, los carteles incomprensibles y la emoción del viaje, no era capaz de encontrar dónde. Sí localicé sin dificultades la oficina de información turística. ¿Dónde puedo cambiar euros? Mapa al canto, circuito señalado en rojo y toda clase de explicaciones. Pero la oficina de cambio estaba cerrada. No me había dado la vuelta cuando desde la lejanía del enorme aeropuerto vi aparecer a la chica de Turismo, disculpándose por el malentendido, con un nuevo mapa y una nueva solución. Sorpresa. Jamás me habían ‘perseguido’ con tanto celo para informarme de nada. 1-0 y todavía no había salido de Narita.

Chamita en Japón

Comida de plástico y escaparate de altura en Asakusa. Así no es difícil saber lo que se pide. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer

El segundo gol fue Asakusa. Tiene de todo y te golpea fuerte cuando aún no te has recuperado del viaje con el Senso Ji, un templo llenos de colores, farolillos blancos, campanas ceremoniales y trajeados ejecutivos haciendo plegarias a la diosa Kanon, la imagen budista de la misericordia y cuya existencia real dentro del templo es un misterio. No llevaba ni cinco horas en Tokio -cuatro durmiendo- y lo exacto es decir que aluciné.

Y no sólo por esto. Andando un poco, Asakusa, que además está a sólo dos paradas de Metro de nuestro hotel (Sardonyx Ueno , pequeño y austero, pero recomendable por su precio, ubicación y servicios) tiene dos de las calles más divertidas de Tokio. Nakamise-dori, con puestecillos, y Kappabashi dori, con reproducciones de comida de plástico.

El cuadro lo remata la zona moderna del barrio, con edificios completos dedicados a salas de karaokes, el feucho río Sumida y un indescriptible skyline, al que en los últimos meses -para orgullo de todo Tokio- se ha unido una imponente torre de telecomunicaciones de 634 metros de altura.

Chamita por el mundo en Tokio

El complejo de cervezas Asahi (tela de buena) en primer término con su extraña simulación de la espuma. Sí, eso pretende ser esa cosa dorada… Al fondo, la torre Tokyo Sky Tree, la mayor de la ciudad. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Pero si tengo que quedarme con algo de Japón, creo que lo hago con su gente marciana y con esa también marciana cultura que les ha grabado a fuego el respeto por el trabajo y por el otro. Lo supe nada más llegar a Narita y ya no necesité más pruebas justo antes de irme a dormir en Shibuya. El espectáculo de miles de personas cruzando a la vez el cruce más concurrido del mundo es sencillamente indescriptible. Hice la tontada de pasar varias veces y no me rozó nadie. Casi ni había ruido. Era un ballet perfecto que se repite cada 3 minutos y que os recomiendo ver desde la primera planta del Starbucks Café que está justo en frente de la estación de Metro. Ufff. La guía Lonely Planet lo clava: “Intentar orientarse entre la marea humana recuerda por qué la armonía colectiva es una de las características de la cultura japonesa: sin consideración por los demás, nadie podría llegar a su destino sin ser arrollado”. Hasta una boda vimos en el cruce¡¡¡¡

Chamita por el mundo en Japón

El cruce de Shibuya desde la terraza del primer piso del Starbucks Café. Cada 3 minutos espectáculo garantizado con un frapuchino en las manos. Foto Manuel Moreno y Rosa Llacer.

Hasta dentro de 8 días no volvería a Tokio. Al día siguiente rumbo a Kioto, pero la bienvenida es de las que no se olvidan fácil. Tiempo tendría de pelearme con esta ciudad y sus multitudes.

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